Ák-Kuè: de la jala y la resistencia

Fotografía: Robinson Segura


“Costa Rica verde, Costa Rica no vista”

Llegué a Talamanca en una gira de la u, antecedida por clases sobre relaciones humanas, interacción social y desarrollo comunitario. Fuimos varies compañeres, con el rol claro de observar, de escuchar antes que hablar. Y digo esto desde el principio porque me parece importante: lo que sigue es la mirada que alguien a quien esta tradición le abrió, por unas horas —y para la vida—, una puerta. Una puerta que se abrió y reconozco con toda la humildad que eso exige.

El último fin de semana de septiembre, las comunidades bribri y cabécar de Talamanca realizan la Jala de la Piedra, conocida en idioma bribri como Ák-Kuè. La actividad, organizada por la Radio Cultural La Voz de Talamanca, consiste en trasladar de manera colectiva una piedra de río (previamente seleccionada por un líder espiritual) desde la montaña o el cauce hasta la comunidad, donde una familia la usará para moler maíz, cacao, pejibaye o café. La fiesta se acompaña del dulé, el canto con tambores dirigido hacia el este, del sorbón, la danza que rememora la creación del dios Sibú, y de la chicha, la bebida ancestral que se impone entre quienes participan.

Todo esto lo viví como sonido y como fuerza. La imagen que se quedó conmigo fue la de decenas de personas cargando juntas un peso que ninguna podría mover sola, el esfuerzo compartido repicando en el cuerpo de cada quien, la piedra avanzando centímetro a centímetro por el río y luego por la calle principal. Ahí entendí, sin que nadie tuviera que decírmelo con esas palabras, que esa piedra no pesa lo mismo para quien la ve que para quien la carga. Y que cargarla en comunidad es, precisamente, lo que hace a esta tradición ancestral ser lo que es.

Para los pueblos, la piedra no es una materia sin vida, sin más. Tiene un espíritu, según ha explicado Danilo Layán, presidente de la Radio Cultural La Voz de Talamanca: se usa para preparar alimentos, moler granos, sostener la vida cotidiana, y a la vez ocupa un lugar en los mitos y en la cosmogonía del pueblo. Esa doble vida de la piedra, utilitaria y sagrada al mismo tiempo, me parece la clave de por qué la Jala se sigue haciendo cada año: recuerda cómo los antepasados de estas comunidades se organizaban y se unían para mover piedras hacia sus asentamientos, y porque esa forma de organizarse, esa fuerza colectiva, sigue siendo la que sostiene a la comunidad hoy mismo.

Ese creo que es el primer hito que me llevó hacia nuestras propias raíces. No hablo solo de la raíz indígena de Costa Rica, aunque claramente parte de ahí. Hablo de una raíz más ancha: la de una comunidad humana y global que nunca ha sobrevivido sola en este plano. La tierra, en Talamanca, es la fuerza que se reparte entre quienes la trabajan, la que se hereda y se cuida entre generaciones. 

Y lo importante, lo importante que es heredar y conservar las tradiciones.

Observarles cargar esa piedra fue ver, en expresión física, algo que en lo urbano se da por sentado y queda en abstracto: la fuerza colectiva. Una fuerza colectiva que se puede tocar y que es ella la que mueve lo que parece imposible de mover.

Durante la actividad escuché una frase que no se me ha ido de la mente, que siempre la recuerdo y la repito cada que puedo: todes somos hermanes bajo el mismo sol. Es una frase simple, casi obvia dicha en frío. Pero enunciada ahí, en medio del esfuerzo compartido de cargar una piedra de toneladas, deja de ser una frase bonita y se convierte en una proclama . Bajo ese mismo sol estábamos les estudiantes que llegamos de visita y las familias que llevan generaciones organizando y formando parte de este festival. La diferencia no es de historia: una historia que a unos les tocó defender con el cuerpo, y que a otros nos toca, como mínimo, conocer y respetar.

Porque la Jala de la Piedra no es solamente una fiesta cultural. Es una enseñanza de resistencia. Talamanca es el territorio donde, en 1709, el cacique Pabru Presbere lideró la insurrección indígena de Tierra Adentro contra las autoridades coloniales españolas, una rebelión que le permitió a los pueblos originarios recuperar el control de su territorio y convertirlo en refugio durante buena parte de la época colonial. Presbere fue capturado y ejecutado el 4 de julio de 1710; casi tres siglos después, en 1997, la Asamblea Legislativa lo declaró Defensor de la Libertad de los Pueblos Indígenas y Benemérito de la Patria.

Esa resistencia no quedó en el pasado. El 18 de marzo de 2019 fue asesinado Sergio Rojas, dirigente bribri y miembro fundador del Frente Nacional de Pueblos Indígenas, en el marco de la recuperación de tierras ancestrales en Salitre. Un año después, el 24 de febrero de 2020, ocurrió lo mismo con Jerhy Rivera, líder del pueblo bröran, en Térraba. Ambos habían sido amenazados de muerte antes de ser asesinados, y ambos casos siguen marcados por la impunidad. 

Por eso, de la Jala y la resistencia; porque cargar esa piedra y las tradiciones es también cargar esa historia, la que lucha desde hace siglos y la que sigue costando vidas hoy.

Me pregunto qué significa, para el resto del país, cargar con algo así –en sus diferentes expresiones–. Ese peso compartido de saber –o no saber–, de dónde venimos y qué le debemos a quienes llegaron antes. La Jala de la Piedra me dejó varias apreciaciones que me pesan todos los días. Que la fuerza no pesa en cada persona por separado, está en el gesto de sumarse. Que la tierra no es solo el lugar donde nos paramos, es la raíz que nos sostiene mientras alguien más la cuida. Y que ver eso, aunque sea una sola vez, cambia la manera en que uno vuelve a mirar a Costa Rica y a sus gentes.

Infinitamente agradecido con la Radio Cultural la Voz de Talamanca y al proyecto Ditsö Wo Wu por sostener esta memoria viva. Y a Pabru Presbere, a Sergio Rojas y a Jerhy Rivera, por recordarnos que hay raíces que no se dejan arrancar.


Este texto fue posible gracias al cálido recibimiento de Radio Cultural la Voz de Talamanca y al proyecto Ditsö Wo Wu.


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