Cuando el mar entra a casa

Fotografía: Dana Vahe


El mar me bautizó

El mar me bautizó. Una tarde de verano me llevaron a él. Tenía seis meses. Me sumergieron en el agua salada. Mi abuela me sostuvo entre sus brazos mientras yo intentaba tomar el agua con mis manos. Pidieron al mar por mí, le rezaron para que me cuidara y me bendijera, que me fortaleciera a su semejanza. Conocí el mar ese día, y luego nos enamoramos.

Fotografía: Dana Vahe

Cuando el mar entra a casa

Cuando mi mamá era pequeña, el mar se salía e inundaba la casa. Entraba sin pedir permiso, no tocaba la puerta ni decía “¡Upe!”. Ella y mi tía se emocionaban; el mar las estaba visitando. Corrían a encontrar tarros de plástico, botellas, vasos, cualquier cosa que les permitiera guardar un pedacito de mar. 

Esas visitas venían acompañadas de pequeños peces, plateados, naranjas, resbaladizos, húmedos. Incluso alguna vez llegaron a ver un pez transparente. Ellas los atrapaban con sus manos, cuidando que no escaparan de entre sus dedos, para meterlos a la pecera improvisada.

En mi familia viven seres acuáticos.

Mi abuela, una sirena escamosa. 

Mi tía, una estrella de mar. 

Mi mamá, un cambute sin concha. 

Yo, una chicapez.

Fotografía: Dana Vahe

Chicapez

Todas mis poesías son acuáticas.

Todas mis redundancias son oceánicas.

Mis esquinas se desviven, 

se desdoblan.


Tengo branquias.

Mis brazos son aletas.

Entre mis dedos; cartílago.


De mi pelvis nace una aleta pequeña

En mis dorsales hay tentáculos

Mi columna vertebral; punzante aguja afilada.


Navego en medio de corales

Me pierdo entre algas antiguas

hasta llegar a un laberinto de raíces de mangle

donde me encuentro reflejada en el agua

como una chica pez.


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