Diario de viaje: Boruca. Julio-agosto 2026
Une verdaderamente aprende de espera en una parada de bus de la costa pacífica de Costa Rica. Bajo el sol, respirando el vaho que este hace que se desprenda del asfalto de la carretera. Allí los minutos pierden su protocolo temporal y pasan como si quisieran envejecernos mientras esperamos de pie.
Tal vez sea por eso que los choferes en su mayoría se encuentran crónicamente fatigados y de malhumor.
En un bus (una guagua, un colectivo) se aprende de paciencia. Los llantos de los niños, los sonidos del celular de alguien que quiere que el mundo escuche. Las ventanas cerradas porque se han oxidado y es imposible abrirlas. O las miradas indiscretas a mis piernas. Si al salir del bus el respirar no está agitado o la cabeza da vueltas enojadas, se ha aprendido exitosamente de paciencia.
Finalmente, en la terminal de buses se entrelazan ambos, múltiples aprendizajes. La señalización escasa, los horarios incumplidos, las máquinas que no funcionan, el grito de los avisadores, enmarañan la cabeza y zumban los oídos. Ya luego conviene la costumbre, empieza a aparecer en el semblante algo que parece resignación. Tras el cansancio de la jornada, que se puede extender hasta las 9 de la noche, empezando desde las 6 de la mañana, no hay energía para rebelarse; decir basta; patear la máquina que se traga las monedas sin entregar lo prometido.
En Orotina espero a les chiques que vienen de Chepe. Con casi dos décadas de tales aprendizajes en todo tipo de medios de transporte, una hora no es nada cuando se está esperando a les amigues.
Ya en el carro, el calor me adormece. He pasado toda la semana con una misteriosa sinusitis que me hace sentir la cabeza presionada hasta provocarme un dolor incómodo. Duermo de a ratos. Danna me ofrece aceites esenciales: lavanda y menta; me hacen efecto a los pocos minutos. Agradezco.
Hemos pasado a Esterillos a recoger un montón de cosas. Equipo y comida. Las madres de Danna nos esperan con el desayuno más delicioso que existe en Costa Rica: gallo pinto con huevo, plátanos con natilla y aguacate. Tortillas también. Todo deliciosísimoo.
De vuelta al camino, quejándonos entre risas del calor, el sudor nos corre por la cara como las hileras de Palma Africana sembrada a lo largo de la Costanera Sur. Escuchando Toto La Momposina fantaseamos con adentrarnos por una de esas pequeñas entradas que se abren entre hectárea y hectárea de aquellas palmas inmensas. Pero seguimos.
Julián tiene 3 años de no nadar en el Océano Pacifico, así que buscamos una playa donde suceda el reencuentro. En Ventanas la marea está alta, las formaciones rocosas que le dan su nombre, como cuevas de mediano tamaño por donde se cuela el agua, escupen olas con todas sus fuerzas.
La arena y el mar nos rebozan cálidos. Pero las olas son intempestivas. El reencuentro fue más parecido a un juego brusco que a un baño relajante para mi. Mientras tanto, Julián se lanza sobre las olas, remueve la marea mientras ellas lo incitan a salir por completo o a quedarse dentro indefinidamente y convertirse en pez. En medio de esa lucha que es para mí, me doy cuenta de la tensión que acumula mi espalda. No la había notado hasta que el mar me hace contraer los músculos, la sal del agua y el aire me abre las vías respiratorias.
Hermoso ese césped que nace de la arena. Una ducha, un muchacho amable que aprovecha mis preguntas sobre direcciones para halagar mis ojos. Seguimos el viaje.
Fotografía: Mariané
Una de mis partes favoritas del camino por la Costanera siempre ha sido aquellos paredones todos repletos de una especie de helecho cuyo nombre desconozco (me siento tan ignorante cuando no sé nombrar las plantas). Yo hasta entonces conocía el camino hasta Sierpe, lo más al sur de Costa Rica conocido para mí era Drake. Todavía en la Ruta 2, justo después de Palmar Norte, el camino se estrecha un poco, tal vez no por la anchura de la carretera, sino por la prominencia de la montaña, y porque a mano derecha, enorme, nos empieza a acompañar el Río Grande de Térraba.
Ha de haber llovido los días anteriores, corre torrentoso y embarrialado. Paramos a contemplarlo. A veces en silencio, a veces dan ganas de escribir, pero en ese momento me dejo tomar por una calma que hace días no conservaba conmigo. La sinusitis se ha ido y tal vez sea porque no tuvo opción al sentir una bocanada hosca de aire entrando cuando saco adrede mi cabeza por la ventana. Doblamos a la izquierda para empezar a subir por Boruca.
Cerca de las 5:30 de la tarde nos detenemos una vez más, sin prisa, porque es imposible ignorar la vista panorámica del camino cuando se erige sobre el trecho de una montaña. Con la vista hacia el este, a la derecha, la visión puede casi alcanzar el Caribe, al que sería fácil acceder en línea recta si no fuese por la Cordillera de Talamanca, la misma que ha ayudado a los pueblos indígenas de aquella zona a seguir resistiendo por su autonomía. A la izquierda, mucho del camino pacífico que acabamos de recorrer. La tarde todavía no atenúa sus colores, por el contrario, brilla todo cada vez más en estas montañas, como si el sol dejara recargados los verdes para que honren su caída al atardecer.
Llegamos. Yoyo anda regando unos árboles en su finca. Cuando llega con Chucho, el perro con los ojos más tiernos de Boruca, nos saludamos por primera vez y empezamos a bajar los chunches.
La casa de Yoyo no se me hace lejana, esa distribución del patio delantero me recuerda al de mi abuela materna. Recuerdo su transformación de una polvareda de barro rojo a un césped húmedo con algunos árboles sobre los que descansaban florcitas cálidas como la lluvia de oro; olía a orégano y reina de la noche cuando se entraba a la casa. Más tarde fue frecuente encontrar los cadáveres de mariposas azules como destellos simultáneos a las desilusiones, y finalmente no he vuelto a verlo, porque ha sido tomado por una suerte de fango de hombre insano.
La cocina al fondo y alargada a todo lo ancho, el fogón quemando leña y su piso de tierra; me hace pensar en la casa de mis tatarabuelas, relatada por los recuerdos prestados de mi madre. La abuelita de un diente, me cuenta, se encontraba usualmente en una esquina de la cocina mascando maíz, el que sacaba grano a grano de una canastita que conservaba justo encima del fogón y por eso siempre sabía a leña.
Veo hibiscus por todas las calles, en muchas entradas de las casas. Cada flor de hibiscus la he tomado de largo tiempo para acá como un saludo. Espero seamos bienvenides.
Vamos por café a la pulpería, se nos quedan viendo. Pero no se siente mal, solo es que somos extrañes. De vuelta alcanzamos a ver el atardecer desde una plaza que rodea la iglesia. Volvemos a casa para cenar. Varias veces se menciona el ron por el que pasamos a Jacó. Salimos en la noche al bar a beberlo. El cantinero quiere cerrar pronto, es martes y solo estamos nosotres. A medianoche volvemos, todes un tanto alcoholizades. Apenas y siento la madera de la cama bajo el delgado colchón, y me duermo.
Fotografía: Mariané
Todo va despacio. Cierro y abro los ojos despacio. Estoy recostada sobre una roca lisa y caliente que recubre una partecita del vasto cauce por donde a pocos kilómetros desemboca el río Boruca. Sobre ella corren los riachuelos que se desparraman escapando de la corriente más prominente. Boca abajo, coloco mi cabeza sobre mi brazo, y el agua me acaricia la mejilla. Quiero permanecer allí hasta que me lleven con elles. Quiero ser tan frágil como la halita entre las partículas rocosas, disolverme en cuanto me toque el torrente protegido por díᵛ sújcra.
Pero me despiertan para comer ceviche de palmito (!!!) Y porque se hace de noche y todavía hay que manejar de vuelta a casa.
Durante estos días hemos conocido a tres líderes de la comunidad de Rey Curré. Hablamos de experiencias laborales, ideas en movimiento, proyectos ejecutándose, de la herencia y la inspiración de los mayores, honramos a los que ya no están y su lucha que nos ha traído aquí. Tomamos un trago de chicha en una jícara que nos da doña Dominga. Llevamos un par de pendientes hechos con plumas y semillas por sus propias manos.
El miércoles habíamos salido a media mañana para ir al Festival Estudiantil de las Artes que tendría lugar en el Salón Comunal de Boruca. Conforme el día avanza, el calor se incrementa bajo las latas de zinc que, aunque altas en el techo, calcinan por dentro. Pero los niñes se ven tranquiles. Aún con sus trajes típicos, que bien recuerdo encajados en mi cuerpo, eran algo tediosos de andar. Me sorprende como casi 20 años han pasado y se siguen escuchando las mismas canciones que yo también bailé: “Caballito Nicoyano”, “Qué lindas que son las ticas”, “La Suiza Centroamérica”. Presto atención a las letras que ya no encajan, que ya me absurdan. Tal vez aun siendo niñe habrán de transmitir algo de nostalgia que ya de adulte no convence más.
Tal vez a les niñes presentes tampoco les convenza mucho, porque es hasta que les muchaches de secundaria aparecen, anunciando su “Danza Indígena” que muches más se reúnen curioses alrededor del escenario. Parece que es lo que todes, sin demostrarlo mucho, estaban esperando. Incluides nosotres.
Hay problemas de sonido; una voz en off comienza relatando la historia. Me gustaría recordar lo que decía, pero poco se entendía. La escena no recurre al diálogo. Es la de una lucha muy marcada: hombres con lanzas, mujeres pintadas de azul.
Me impresiona en particular la parte de la puesta en escena cuando una última de ellas queda atrapada en medio del círculo de hombres, el resto de chicas de azul han sido removidas, asesinadas en la acción dramática. La rodean moviéndose en círculos. Ella trata de escapar, algo dentro de mí se remueve, entre preocupación e impotencia, choca contra ellos en su intento por defenderse y escabullirse, pero la derrotan. Queda tendida en el suelo a los pies de uno de los muchachos.
Luego aparecen otras chicas con bebés en brazos y terminan todos celebrando algo que no entiendo muy bien. Probablemente la derrota de las mujeres azules.
—¿Qué representan ellas, las mujeres de azul?— pregunto al terminar la obra.
—Son espíritus del mar, los Bro'bro'yra'— me responde Yoyo.
— Por qué los Bro'bro'yra' son todas mujeres, si son espíritus…
No hay aparente razón, o no se quiere comunicar. Y desisto. Luego Yoyo me cuenta bien la historia:
—Es la historia que cuentan nuestros ancestros. Sobre la afinidad que tiene el Boruca con la playa. Dentro de eso, existían unos duendecitos, que viven dentro del mar, con escamas. Los cazábamos porque de ellos se obtenían unos huesitos rojos que eran medicinales, y muy importantes y místicos en la cultura boruca. Pero para llegar a eso tenían que cazarlos, por lo cual se da ese forcejeo del boruca con el ser místico. Son esas historias que nos cuentan nuestros abuelos y quedan ahí, en la transmisión oral. No sé bien qué significa “bro'yra'” pero creo que es “huesitos rojos”
Después del festival, hemos visitado un taller de máscaras que al mismo tiempo funciona como bar. Mientras nos tomamos un par de birras, una amiga, que hemos conocido por Yoyo, platica conmigo acerca de los peligros del consumirse en el alcohol, de los chascos que nos hemos llevado cada una a causa de abusar de la sustancia, los miedos de nuestras madres por vernos tambalear, nos quejamos de los estigmas sociales que pesan sobre nosotras y el juicio que recae en nuestros cuerpos cuando actuamos como ellos, quienes sí pueden amanecer tirados en la calle o no llegar en días a casa sin repercusiones. Pero nosotras no, muy al contrario, dependen hogares y vidas de nuestra presencia, que debe estar siempre disponible y en la mejor disposición.
Horas más tarde tendré una conversación similar con Galiana, quien me cuenta sobre su proyecto de graduación, a punto de terminar en la carrera de Historia, en donde incomodó a varias mujeres de su comunidad con preguntas que les enseñaron a no hacerse. En el negocio y taller de artesanías de doña Dominga conversamos todes sobre temas distintos. Ya finalizando la tarde, les chiques pautan con don Pedro una conversación para mañana a la 1:00 pm. Esta noche duermo en una hamaca por primera vez y me emociona imaginar con cuanta incomodidad podré conciliar el sueño, para tiempos futuros, o si me sentiré flotando.
Hongos germinan sobre mi lengua, su micelio se extiende por mi sistema linfático. Las piedras son atravesadas por raigones que forman sus porosidades, y las raíces se encajan sobre el suelo tan sólidas como los peñones mismos. Mis lágrimas se juntan con las sales minerales de la tierra y el dulzor del agua del río Boruca. Me siento erecta, sentada con las rodillas flexionadas, todo mi cuerpo tiende hacia arriba pero me arraigo a la tierra como si fueran sus imanes los que me sujetaran para no salir disparada hacia el firmamento. Quiero que me traguen y me digieran, disolverme en cuanto me toque el torrente protegido por díᵛ sújcra.
Al día siguiente, cuando volvemos, visitamos la casa de don Pedro, caminamos por el pueblo, recorremos la orilla del río, recordando aquel momento en el que Rey Curré se inundó en 1999 por la crecida del Río Grande de Térraba. Y esa es otra crónica.
Las tardes han sido todas de rayos dorados que se dispersan por el aire. De velos cálidos que se posan sobre nuestras cabezas como protegiéndonos de pensamientos intrusivos. Pensamientos de cambio climático, de política invasora, de recortes en cultura, alergias y dolores de cabeza del futuro.
Se está tan tranquilo el ambiente, tan envolvedoramente hermoso, que no hay forma de perderse en esos pensamientos porque bajo el arrullo poderoso de las chicharras todo eso no tiene potencia suficiente para competir con ruido. Es pura pérdida de tiempo. Mientras tanto, la gratitud ha envuelto mi corazón de manera que ya tampoco es posible quejarse de la vida, porque resulta maravillosa con las hojas de un centenar de especies sobre las sienes.
En la noche celebraremos la vida, pero no tan tarde yo terminaré llorando desabrida, casi como como niña caprichosa ofendida, porque cuando estaba a punto de gritar “¡Palestina Libre!” en el bar, cambiaron la música en árabe que había puesto en la cola por algún corrido bélico sobre lo entusiasta que es la fiesta y lo bien que se goza el dinero cuando se vive a costa de la muerte de miles de personas al día.
Este texto fue posible gracias al cálido recibimiento de Yoyo, Galiana, Dominga y Don Pedro, vecinos del territorio indígena Rey Curré (Yímba Cájc).