Cosmovisión Barrial
Nos reconocemos parte del barro, renacides en la montaña y el río.
Las montañas están vivas y contienen millares de existencias, los ríos cantan con voz propia, los volcanes comparten emociones tiernas y estridentes. Cuando tiembla, el subsuelo ruge como avisando su movimiento devastador. Y el mar tiene la capacidad de arrullarnos al tiempo que nos despierta de golpe si no estamos lo suficientemente atentes.
En un sistema que se diseña para convertir en datos la existencia: contar los pasos, trackear los minutos, optimizar las experiencias, validar las muertes y las vidas, nos esforzamos por mantener el encanto del mundo. El desencanto es político: busca normalizar la explotación de todo lo que dejamos de sentir cercano, nos desgarra del bosque que ya no es sagrado, minimiza la identidad del agua o la ternura de los pájaros.
Nos empeñamos en continuar sacralizando la tierra que nos sostiene como modo de lucha, respaldar la diminuta vida animada que se gesta en los lagos, en el mangle, en el musgo. Que por no poder verla, deja de existir, todo lo contrario, nos alimenta.
Como el micelio se conecta por debajo de la tierra y permite a las especies vegetales comunicarse, así nosotres nos esforzamos por sostener las redes invisibles del encanto que resiste en el mundo.
fotografía: Julián Zamora Mora
2. Nos reconocemos ignorantes. Responsables de ese ignorar. Y por tanto, en el deber de volver a conocernos.
Aun con su estandarte de país letrado, alfabetizado, que desde hace aproximadamente una década no pudimos sostener más, lo cierto es que todes, en mayor o menor medida, como habitantes de Costa Rica, no hemos dejado de ignorar nuestra historia. En parte por la estrategia propagandística del liberalismo que nos quería adeptos a Europa, que nos quería blancos, homogéneos y pacíficos. En parte porque cada quien ha decidido olvidar.
Si en las escuelas no se habla acerca de la Guerra del 48, con apenas 80 años de sucedida, si se ha intentado borrar todo rastro de las voces indígenas, si hoy el Gobierno amenaza con la censura a la red de escuelas, colegios y universidades, así como la prensa, es también responsabilidad nuestra.
Yo misma he repetido el discurso de un misterio que parece rodear la existencia, el origen y convivencia de los pueblos que habitaron esta zona de la extensa Abya Yala, pero más que una incógnita escarchada de misticismo, más bien es irresponsabilidad de cada une por no leer. Las investigaciones ya se han ejecutado, y son más reveladoras de lo que llegamos a creer.
Y si se rehúsa la persona lectora a leer, al menos nos compete volver la vista abajo, por los trillos donde caminamos. Basta quitarnos los zapatos para sentir el retumbo permanente de la tierra. Trillos que no están lejos de esa que fuera la Gran (realísticamente, pequeña) Área Metropolitana, consumida por el uniformamiento y hegemonía yankee. Basta con acercarse a las faldas de las montañas que rodean el Valle Central para caer en cuenta que la persona que nació en este pedacito de tierra, que se arraiga sobre un territorio marítimo 92% más grande (sí, Costa Rica es más agua salada que tierra), es fruto del legado campesino, compuesto a su vez por colonos humildes, sin fortuna, muchos desterrados desde España; y los saberes que quedan de los pueblos originarios que nunca dejaron de trabajar con la tierra, aun cuando les hayan despojado de sus territorios.
A diferencia de México, Guatemala, Colombia, quienes vinieron a colonizar esta zona, no traían consigo caudal, buscaban más bien hacerse ricos con la promesa de la Costa Rica. Es por eso que…
3. Nos reconocemos pueblo, más cerca del pobre que de la pretendida burguesía de un país que nunca tuvo un capital económico sobresaliente… Pero sí unos recursos naturales que todavía resisten para no ser explotados hasta su extinción.
Desde dondequiera que se las vea, las montañas aquí destellan por sus profusos verdes encendidos. Esos destellos fueron como oro para quienes por primera vez notaron cuán rápido se fortalecían los árboles, las plantas, los cultivos en esta tierra abonada por los minerales de jóvenes volcanes y la sabiduría del agua marina. El café crecía hermoso entre las especies cítricas y los árboles maderables de las montañas del Valle Central, de Occidente, de la Zona de los Santos, mientras tanto, el banano se maduraba cada vez más brillante por el rico sustrato de las tierras cercanas a la costa del Pacífico Sur y la zona del Atlántico.
Los jardines de nuestras abuelas fueron creados también de ese modo, con manos florecientes y fructíferas. Mi abuela, como la de alguna de ustedes, era una mujer grande, gorda y hermosa con conocimientos tan arraigados a la tierra como las raíces de sus plantas, aunque inevitablemente sus pensamientos estaban colonizados. Soñaba con ser monja, pero se casó con un muchacho guapo de ojos azules y tan pobre como ella. Él tuvo que hasta pelearse con su padre para que le cediera un terreno. Con el mismo machete que lo peleó, lo sembró de café; así se criaron mi madre y sus hermanes, quizá como la de varies de quienes lean, recogiendo el fruto colorado cada trimestre final del año y extendiendo esa plata de la cosecha para el resto de este. Décadas más tarde, tan violentos como la globalización, los tractores decapitaron todo aquello que antes producía granos de oro para convertir el cafetal en pequeñas parcelas. Quedaron solo planteles de pura tierra en los que nosotras jugábamos todos los fines de semana, reunidas las primas, y nos embarrialábamos por completo.
Volvíamos a casa de abuela a eso de las 4 o 5 de la tarde para comer plátanos con natilla, pan, tortillas, café recién chorreado; en una de las últimas tandas de chorrear café, probablemente la octava, porque el café se tomaba como agua, como a lo mejor lo hacen muchas familias entre nosotres.
Fotografía: Julián Zamora Mora
4. Nos reconocemos incómodes y dispuestes a ser incomodades
Crecimos incomodando, personas demasiado bulliciosas, demasiado rebeldes, poco homogéneas y escurridizas. Nos han intentado reformar múltiples veces: en el cole, en el call center, en la corporativa, en la academia. No hay paliativo para aquelles a quienes la injusticia no les cabe en la garganta. Para quienes prefieren vomitar que tragarse el veneno. No hay forma en la que nuestro entusiasmo se minimice para complacer la amargura del que vive incontento por lo que cree que debe (y debemos) hacer para alcanzar lo que debe (o debemos) obtener. Aun así, todes estamos alienades en mayor o menor medida, y eso es necesario reconocerlo también.
En el régimen ser joven será delito, decía una colega migrante de El Salvador, sintiéndose perseguida por la dictadura, como majándole los talones, observando cómo pasa en Costa Rica lo que sucedió en su tierra a causa del tirano Bukele.
Y no hablamos de una juventud corporal, medida por un rango etario. Hablamos de la capacidad de imaginar, asombrarse en la cotidianidad, crear desde un lugar aún genuino.
En ese sentido, conservamos la energía. Las ganas de salir y moverse, arrodillarnos frente a nuevas montañas, escuchar lenguas distintas, redescubrir los viejos problemas… Por tanto, no nos molesta incomodarnos. Tomar un bus por cuatro horas o manejar hasta siete. El calor ardiente, mojarse en un aguacero o dormir en una hamaca.
Por acompañar a une amigue, hemos cruzado océanos, lo mismo haríamos por quienes necesitan un espacio donde proyectar su voz, un oído atento que valide lo que está sufriendo o ideando.
5. Reconocemos nuestra voz poética rebelde
Nuestra voz poética no es tibia, ni teme a la confrontación. El barrial no pretende ser un espacio hostil, pero tampoco solemne. Y así como la poesía es un bálsamo para las heridas colectivas, también afrontamos el hecho de que habrá momentos en que debemos subir el volumen de nuestra voz para denunciar las opresiones y corrupciones que también han ido en aumento en este territorio. Ser orgulloso no es lo mismo que ser valiente.
Nos hemos propuesto desmitificar a la Costa Rica blanca, democrática y pacífica. Pero no para destituir el mito y quedar en el desconcierto que genera el vacío de principios, por el contrario, revelar la nación heterogénea, represiva y adolorida que ha sido Costa Rica, con la esperanza de que podamos contar las historias más bellas de su regeneración.