No hay nada que no sea río: Todo es río en Curré cuando la lluvia se anuncia por varios días.
Cuando ya ha llovido por tres días sin parar, el río tiene un sonido que anuncia: su furia, su pronta descarga contra lo que haya en el camino. En este caso, el río es el Grande de Térraba, y lo que hay en su camino es un pueblo partido en dos por la carretera Interamericana Sur, Rey Curré, un pueblo indígena entre río y carretera. Un lado del pueblo está inclinado hacia el agua. Las casas forman caminos que van bajando hacia el río, pero ya no hay tantas casas ahí cerca. Ya se las llevaron las últimas tormentas, y el más reciente y único huracán. Desde la última vez que se salió el río y dejó inhabitable el colegio y muchos hogares, un grupo decidió organizarse. Recuperaron un territorio que estaba en manos no indígenas, y se asentaron ahí, lejos del río. Esta hazaña fue por cuenta propia porque desde el 2017, el año de la tormenta Nate, el gobierno prometió devolver tierras al pueblo para que pudieran reubicarse, pero nunca llegó el gobierno. En el pueblo dicen —Fuimos nosotros, nosotros no somos gobierno, somos la comunidad—.
Ya han pasado nueve años y muchas lluvias.
Doña Dominga es artesana y vive al otro lado de la carretera, lejos del río. Le tiene respeto dice. Sabe de lo que es capaz. Lo ha visto alzarse ya muchas veces. Cuando era niña, y le tocaba ir a lavar ropa al río, tenía siempre que llevar a su hermano de vigilante, para que le avisara si se estaba creciendo. Cuando no podía ir con su hermano, colocaba una piedra, y si la piedra empezaba a mojarse, había que salir. Otras veces veía ramas y hojas bajar, que también le funcionaban como advertencia. La noche de la tormenta Nate, dice Doña Dominga que todo tipo de cosas bajaban por el río: latas de zinc, vacas, árboles, caballos, piedras enormes, chanchos, raíces. El río arrasó con platanares y formó lagunas que tardaron días en irse.
Octubre del 2017, la tormenta tropical Nate llegó a más de 70 cantones. Se habilitaron 178 albergues para atender a 11,361 personas. Se destrozaron carreteras, caminos y puentes, entre la Cruz Roja y los Bomberos, rescataron a 2521 personas durante los días más fuertes de la lluvia.
Fotografía: Julián Zamora Mora
No existen cifras exactas de los daños causados por Nate en Rey Curré. Se sabe, que más de 30 viviendas quedaron casi inexistentes, que el colegio Yimba Caj se inundó por completo y lo tuvieron que trasladar. Pero ¿qué es un número cuando la vida sigue? ¿Cuántos sartenes, ollas, cultivos, alimentos, animales, humanos? ¿Cuánto se pierde cuando es la fuerza del río la que lo arrebata? No es cuantificable la sensación que puede llegar a causar. La pausa en el corazón al ver que ya van días que no para de llover y se empieza a ver que el río trae cosas inusuales.
Cuenta Doña Dominga, que vivir del otro lado del río no es señal de alivio. Quedan allá algunas casas. La gente del bajo de la orilla del río, dice ella. Entonces, a pesar de estar en una zona más segura, la inquietud de saber que el tiempo está gris, y hay gente cercana y querida aún viviendo al borde del Grande de Térraba, causa en ella una tremenda preocupación. Casi como si fuera ella quien vive al frente del peligro acuático. Ese es un sentir de todo el pueblo, todos se preocupan por quienes viven más abajo.
Fotografías: Julián Zamora Mora
En las noches de Nate, el pueblo se sostuvo solo. Como dicen, el pueblo no es el gobierno, por eso ayuda. Entonces se organizaron con refugios en el salón comunal y en la iglesia. El país estaba colapsado. La tormenta afectó a 76 cantones, 499 carreteras, 117 rutas nacionales, y 36 puentes. Muchas comunidades quedaron aisladas. Casi atrapadas en el tiempo-espacio del agua. El agua en forma de gota que cae del cielo sin tregua, el agua en forma de río salvaje que arrasa con lo que haya a su paso, y el agua en forma de lágrima, que cae de los ojos de las personas de la periferia de este país, condenado a la bendición y a la maldición del agua.
Fotografía: Julián Zamora Mora
29 años antes, también en octubre, llegó al país el huracán Juana. Era 1988. La lluvia cayó por días, avisó y gritó. En esos tiempos, Don Pedro era solo Pedro, tenía 15 años, y estaba durmiendo en una madrugada escandalosa de lluvia y corriente de río. Su madre lo despertó desesperadamente para decirle que tenían que irse, que el agua ya estaba dentro de la casa. Cuando Pedro se percató, el piso era líquido, el agua le sobrepasaba los talones, había inundado cada rincón de lo que había pasado a ser, en cuestión de minutos, su antiguo hogar. Cuenta que entonces, agarró lo que pudo, cosas que en el momento son incoherentes, pero igual se intenta salvar todo. Se intenta, de verdad que sí, en la desesperación, aferrarse a lo que haya. Salvó ollas, platos, ropas. Pero cuando tenía el agua por arriba del ombligo, y sus manos alzadas para proteger lo rescatado, sintió dentro suyo una energía.
La energía de la muerte en el agua, dice Don Pedro. Que cuando atravesó el mundo del agua salvaje, era solo Pedro. Un indígena Brunka de 15 años. Soltó entonces las cosas, las dejó ir, y se concentró en salir de esa extensión de río, en reencontrarse con su familia. Lo logró. Se refugió con su padre, su madre, sus dos hermanos, su abuelo y su abuela, en un albergue improvisado dentro del Salón Comunal de Rey Curré. Estuvieron ahí 3 meses.
Don Pedro menciona en repetidas ocasiones la palabra energía. Dice que el sentimiento de perder todo genera una energía muy triste. Que uno no sabe si va a vivir o va a morir. Y que en el aire, en el agua y en la tierra, hay una energía de muerte. Todo empapado de tristeza y muerte.
Fotografía: Julián Zamora Mora
Juana primero se convirtió en tormenta tropical el jueves 11 de octubre, y en la madrugada del 17 del mismo mes, llegó a la categoría de huracán, con vientos de 220 km por hora. Se evacuaron más de 30,000 personas de manera preventiva, hubo 28 muertos, pérdidas calculadas en 5 millones de colones. En Ciudad Neily, una cabeza de agua mató a siete. Y en el Hospital Santo Tomás Casas, en Ciudad Cortés, se reportó que el barro dentro del lugar alcanzó un metro. Y justo cuando el huracán iba a llegar a la Barra del Colorado, en el Caribe costarricense, se desvió y llegó al Caribe nicaraguense, a Bluefields, donde desmanteló a su gusto la costa.
Esa noche fue líquida. En la oscuridad, Pedro y su familia movían las manos como apartando el agua para hacerse paso entre la incertidumbre de los peces arrastrados. En medio de gritos, y retazos de luz provenientes de focos mojados, el pueblo salía, se alejaba del río que ahora era la totalidad de ese cosmos embarrialado. No hay nada que no sea río. Todo es río en Curré cuando la lluvia se anuncia por varios días.
Fotografía: Julián Zamora Mora
La carretera Interamericana Sur se empezó a construir en 1942, durante la II Guerra Mundial, con el apoyo de Estados Unidos. Antes de la carretera, los pueblos indígenas del Sur, y todos los pueblos cercanos a la frontera, estaban lejos de los mundos que se construían pensando en la palabra progreso. Alejados del mundo, muchos años después de los tiempos en los que bajaron de barcos hombres oscuros, que ahora ya no venían por agua, venían cortando árboles y poniendo cemento, a paso lento. La construcción de la carretera, nombrada también Ruta 2, terminó completamente en 1974, cuando se asfaltó todo el camino hasta la frontera Sur. La apertura de ese extenso camino que conectó a los pueblos del Sur con el resto del país, trajo las consecuencias del progreso.
Con la carretera, llegaron también los madereros, a talar árboles para llevarse la madera a la capital. Llegaron los terratenientes, a querer cambiarle a la gente de la zona, por un par de monedas, por una radio vieja, o un caballo chueco, pedazos de montaña ancestral, perteneciente a los pueblos indígenas del Sur de Costa Rica. También llegó por la Interamericana Sur, la idea de las represas hidroeléctricas. Y justo a finales de los años 60, incluso antes de haber terminado de pavimentar todo el camino, se propuso el Proyecto Hidroeléctrico Boruca. Según un estudio de Movimiento Forestal por los Bosques Tropicales, este proyecto hubiera sido el más grande de toda América Central. Hubiera generado un aproximado de 1500 megawatts. Si funcionara las 24 horas del día, constantemente, hubiera generado electricidad a 5,1 millones de hogares, pero hacerlo, implicaba inundar varios pueblos que habitan a la orilla del río, entre ellos, Rey Curré. Si se hubiera llegado a construir, la represa tendría una altura de 260 metros, y hubiera implicado la inundación de 25,000 hectáreas, entre las cuales, además de Curré, habían otros pueblos contemplados para ser desplazados, querían intercambiarlos por la potencia del agua.
El Río Grande de Térraba, especialmente, tiene un peso espiritual y ancestral. Es el río más largo de Costa Rica, recorre aproximadamente 160 km. Y pasa bordeando las montañas de Boruca, Térraba y Curré. Tres territorios indígenas del Sur de Costa Rica que tienen al río al lado, y en un proceso de simbiosis, se abrazan el uno al otro, se protegen de los males que vienen de afuera de sus pueblos.
Para los antepasados de Doña Dominga y Don Pedro, el río era la carretera. Por ahí se transitaba para moverse fuera de Curré. Por ahí iban, en botes, en travesías que duraban días o semanas, acechados por el calor del Sur en verano, o acompañados por la inminencia de los aguaceros. A ambos les enseñaron desde pequeños el respeto por el río. La importancia del río, como ruta de comercio para el pueblo, como ente que puede mutar y convertirse en un gigante que borra todo con sus manos.
Fotografías: Julián Zamora Mora
Este texto fue posible gracias al cálido recibimiento de Yoyo, Galiana, Dominga y Don Pedro, vecinos del territorio indígena Rey Curré (Yímba Cájc).