La última sequía
I.
Era un rancho curtido por la intemperie,
horqueteado en el ombligo de la llanura.
Era un tiempo de maíz en oleajes de miel,
cuando la ocarina tejía el vuelo del jabirú
y la tierra era una palma abierta
donde la espiga masticaba la luz del sol.
Pero manos voraces jugaron con los hilos del clima,
y los dioses cerraron las venas de la lluvia,
dejándonos la tierra sembrada de polvo.
Los gringos desviaron las pocas nacientes
para regar el verdor de sus campos de edén,
que parpadean, electrificados,
como un espejismo nicoyano.
Dejaron los cauces secos,
como vértebras de gusanos.
La pampa es un océano sin agua,
donde el gorgojo se repartió los últimos granos.
II.
El pobre es como un árbol, me digo,
anclado a la tierra con raíces de clavos.
No sabe desplantarse
ni huir con los pájaros.
El dinero se secó como el maíz
y me dejó aquí, cavando agujeros,
esperando que brote el agua,
pero solo encuentro más cráneos.
Son las vacas,
que mostraron
su costillar
hasta volverse jaulas de osamenta.
Ya sin agua,
solo una bola de polvo viene a abrevar
en la úlcera del lago.
Me paso un trapo húmedo por la frente:
no hay nubes que atajen los rayos del sol.
El único hilo de agua que todavía reluce
no baja del cielo:
arde sobre el cuello de Esther,
en su letanía de sudor.
—Desperdiciar agua es pecado —le digo,
mientras recojo la sal de su carne.
Pero ella ya no ríe.
Teme que la fiebre le tueste los senos
y deje a nuestro hijo sin leche.
III.
Los incendios lamieron los almendros del patio
hasta dejarlos en puñados de carbón.
Un vaho ardiente reverbera en el horizonte,
y los vientos de Papagayo,
astillas de vidrio,
me hacen chirriar los ojos.
La tierra muda de cadáver.
Las cortezas se enroscan.
El monte se raya con vetas de azufre
bajo un sol ciego de candela.
Ya no quedan tubérculos, raíces ni espigas.
Ya no quedan trinos: los bramidos se petrificaron.
Los zopilotes son las últimas aves
y nos saborean desde la distancia
mientras, en cuclillas,
raspamos el musgo de la piedra.
IV.
Suena el comal.
Tuesta lo que queda de la última res.
Cada día hablo menos,
las palabras se calientan,
se evaporan
y mueren sobre mi lengua.
Ayer vi el rostro de Esther perder su color,
como si sus venas se hubieran secado igual que la tierra.
V.
Ya es de noche
y solo quedas tú, Luna.
Hace tiempo dejé de rezarle a Dios,
pero en esta pampa nocturna te suplico:
llama a las nubes,
haz que desplieguen sus alas de lluvia
una última vez.
Que empapen la tierra.
Que humedezcan mis manos.
Que lleguen a mis ojos para poder llorarlos.
Que mojen los huesos de mi padre
y de mi perro.
Yo puedo morir aquí,
junto al ganado.
Pero no mi familia.
No mi familia.
No mi…