¿Qué une a un puma, un queso salado y unos zapatos de charol?

Fotografía: Marisopa


“¿Un muerto está o es?”
— Gustavo Arroyo, Los elementos nobles.

Unos zapatos de charol rojos. Rojos y brillantes. Pequeños, sin cuña. Que me chimaran, ojalá. Que dejaran la marca de las distancias en el talón, con un dolor punzante sabor a nuevo. Cerraba los ojos y pensaba en ese brillo. En ese color. En ensuciarlos en la cequia. En sacarles sus primeros rayones a causa de caerme en la calle de piedras que subía a donde Abuelito, mientras el olor a plátano me chineaba la nariz y me hacía subir las revoluciones del carruaje de mis pies. 

Aquel taller enorme, siempre sucio. Las uñas siempre sucias. Las camisas siempre negras. El sonido de la lavadora, para aquí, para allá. Meter de nuevo las manos en la espuma prohibida que surgía del artefacto. Soñar con la lactancia de un cuerpo morocho, que sin ninguna duda sabría a chocolate. Saludar a la virgen. Medalla Milagrosa, Rosa Mística. Dormir en la sala escarchada, confusa, milagrosa y por alguna razón nuestra. Creer en el ángel de la guarda, dulce compañía; no me desampares ni de noche, ni de día. Ir a dejar a papi, todos los martes, sin falta. Desear que eso no suceda. Ver a la luna por la ventana. Hacer las primeras preguntas relacionadas a su presencia. Observar sus agujeros, su color, su brillo ¿Me persigue? ¿No? ¿Sí? Se perdió, vuelve. En el rabo de la ventana vuelve a aparecer. La veo atrás, adelante. 

Entre preguntas, Papi ya volvió. Y trae en su mano morena dos caramelos del mismo color. Chicludos, dulces y deliciosos que aún tengo pegados en los dientes. Mientras tanto, la carrocería del Tercel verde llora y sigo con las yemas de los dedos su trayecto por la ventana. El sabor del caramelo está pegado en mi amígdala, y de pronto mis ojos son exactamente iguales al Tercel.

Disfruto de desempolvar el divino recuerdo de la niñez que, aún con tanta belleza, atesora en especial aquel recóndito espacio, lejano, aburrido, curioso; que Tito tuvo que vender porque la lejanía lo absorbe todo. 

Comenzábamos el viaje, siempre en horas de la madrugada, con algún pijama confeccionado en el taller de Tita. Posiblemente de Rosita Fresita. El carro de Tito, un Land Cruiser viejisisísimo, rojo, brillante y enano. Con piso negro y lleno de polvo, tierra y un olor a aceite de carro imposible de desprender de la nariz. Los asientos, diminutos. Papi compra un Lego de un carro de bomberos, paqueteado, en el chino, para que yo no me aburra en el camino. 

Hablo sin parar, me duermo, hablo de nuevo. Duermo siete veces y aún el camino no se acaba, no termina. Pero todo es cada vez más seco. Se pierde el verde. Hay puentes por todas partes. Tita saca el repelente y, de la nada, como si de un viaje gitano se tratase, Tito comienza a parar en todas las pulperías. Estoy que me orino. Me toca orinar en el carro y limpiarlo con el agua de las botellas. Tengo como 4 años, un poquito más, tal vez. Cada vez que Tito se baja y vuelve a montarse, cuenta una historia diferente y trae chucherías. Kilos de queso salado — saladísimo— , cocadas, un boli helado color rojo, rojo y brillante, miel de abeja, bicarbonato de sodio. ¿Qué es eso? ¡Más queso! No le cabe más a la hielera de foam. 

El camino se pierde y se pierde y se pierde. Cada vez más piedras, menos calle. Las ruedas se desgastan, el carro suena, se cacharpea. Ahora Tito no se baja a las pulperías, sino que se baja con Papi y entran a una casa, a otra. A saludar a Zutano, a Mengano y a abrir portones. Infinitos portones, pierdo la cuenta de cuántos. Y de pronto, después de lunas correspondientes al sueño, me azota un calor indescifrable que me avisa la llegada. Es el último portón. A lo lejos, en el monte, una casita de madera diminuta, sin luz —previo aviso—, custodiada por serpientes coral, una veranera fiel a su alcurnia, que muestra un precioso color fucsia que me enseña el concepto de contraste y la cara de Jesús en la puerta. Llegamos. Es La Finca.

Fotografía: Mariposa (2009)

Me bajo, mojada en sudor y en un sabor personal a queso fresco, los adultos hablan y la verdad es que no los escucho y si les escuchara, no les entiendo. Algo de los lagartos, la energía, no sé qué y no me importa porque mis pies descalzos —sin zapatos de charol— hacen bulla en la madera. Tengo cuidado con los bichos y las hormigas que seguramente ya infestaron la casa y ahí la encuentro ¡está ahí! Mi cama predilecta, mi sueño de verano: la cama cubierta por el toldo de princesa. Solo visto antes en las películas y en mis sueños. Tachada de la lista e infinitamente mía. Me quiero subir. Quiero irme a dormir ya. Alguien cánseme. La madera de esta casa, que alguna vez fue un árbol viejo y grande, esta noche albergará tres adultos y una princesa. Avísenle al pueblo de las vacas, llamen a Tonka, traigan el queso y pongan la radio.

Este es el encuentro. Es este, solo este.

Fotografías: Mariposa y su padre (2009)

Llega la noche. Todo es oscuro, no hay luz y cenamos un gallo de queso con café chorreado a la luz de las velas (es romántico, sí). El mejor gallo de queso en la historia de los gallos de queso. Con una orquesta de grillos anunciado la llegada de los moscos y con la misma pijama de Rosita Fresita, necesito ser alzada para subir al catre de la realeza. Tita, Tito y Papi conversan antes de dormir, de adulteces. No sé. Cosas de la Finca, el caballo blanco y las vaquitas orejonas que guelen feo; cosas del trabajo, de la vida, y tal vez también de la muerte. Mis ojos comienzan a cerrarse, no me acuerdo de nada y de pronto soy de nuevo la princesa de los zapatos de charol rojos. Reconozco que no podría evitar subirme al palo e mango, aún llevando sangre de emperadora y una enorme corona. Poco a poco la noche me abraza. Y empiezan a revolotearme unas patitas, miles de patitas haciéndome cosquillas en los pies. Es como la presencia de un ejército de obreros ¡Me llegó la hora! ¡se acabó la princesa! Y abro los enormes ojos que me concedió mi genética recesiva, para encontrarme con no cientos, sino miles de millones de hormigas invadiendo mi preciosa cama y mi tranquilidad también. 

Por favor, ¿alguien quiere pensar en cómo se sienten los piquetes de las zompopas? De ninguna manera me duermo. Ahora pienso que eso se merecen los injustos, pero yo no era injusta.  Me quedé a observar. 

El foco apenas alumbra y ellas se organizan por hileras, forman espirales. Parece que están bailando y están en todas partes, no entiendo cómo no me han picado. Quiero ir al baño o tengo miedo. Me estoy orinando o tengo miedo. Ni siquiera están cargando nada, más allá del polvo de los años y el barro de las piezas enterradas cerca. Están en el techo, a los lados.

Voy a levantar a papi, necesito ir al baño. Lo despierto y le digo claro:  —Tengo miedo. Abre los ojos finalmente. —No hacen nada— responde. Pero no me importa, es imposible dormir con las amigas acechando. Entonces, replico, un sinónimo, pero en otro idioma: 

— Quiero ir al baño. 

— No puede, en ese baño hay serpientes. 

Tengo que decirle que es en serio. 

— Es en serio.

Se levanta, con el hartazgo de un adulto tratando de dormir, ese que hoy comparto. Con el foco, revisa que no hayan serpientes (De verdad habían salido varias en el baño). Me acompaña. Yo me siento y ahora me doy cuenta: me dan más miedo las serpientes del baño que las hormigas. Me cago del susto. Me bajo. —No orinó— Me dice —Se me fueron las ganas—, replico. Uno siempre tiene que vivir algo peor para darse cuenta que hay concherías naturales, e inaturales. Las hormigas eran conchas, pero hermosas. Y yo, una mariposa, me parecía a ellas un poco en tamaño. 

Acecha el día dos y cuento con gusto que me bañé en una tina de princesa en forma de palangana, con agua fría, buenísima pa’ la piel. Desayunamos huevo con tortilla, todo en el comal. Recuerdo aquí la pila roja y brillante, y las cebollas guindando. Nunca faltan los plátanos y ojalá nunca me falten. 

Este va a ser el día más hermoso que recuerde, aún cuando el catre de princesa se acomode en un hospital. Aún cuando me consuma el deseo demencial de la muerte. Papi aparece con un caballo blanco, hermoso, con sus patitas llenas de tierra naranja, sin montura. Se llama Tonka. Vamos a dar un paseo. ”¡Ho! ¡Ho!”, me enseña a decirle al caballo para que se calme. 

Qué habrá sido de Tonka, mi amiga enorme y peluda. Qué habrá sido de su cabello. Nunca más la volví a ver. Tenía los ojos preciosos, y el caminado preciso. Ella nunca podría usar zapatos de charol y lo lamento. Espero que la hayan peinado con amor alguna vez. 

Papi me lleva hasta donde queda el último portón. Bien lejos. Y veo en la tierra naranja, enterradas unas piecitas de tamaño exacto, como cuando se quiebra un plato. Papi me indica su procedencia. Quisiera recordar cómo me lo explica, pero recuerdo el mensaje: son piecitas de artistas ancestrales. Desenterradas por el paso del tiempo. Existen los huaqueros. Podemos ver una. ¿No le pertenecerán también a otra princesa? Tal vez. Tal vez sí. Lo levanto con curiosidad, pero no me lo quiero llevar (exacto, esa es la diferencia). Son como, pedazos de tazas, platos, no sé. No he vivido suficiente en el mundo como para entender el uso de las cosas. 

Hay demasiados pedazos. En el camino de vuelta, decido caminar. Quiero verlos al verme los pies, ahora enchancletados, a menudo descalzos y llenos de polvo. Todavía puedo caminar descalza en las piedras sin sentir dolor. No sé si porque me recuerda a esos días, o porque es un superpoder especial de mono. Nos espera un último camino. 

Comienza a ponerse el sol y papi decide la jugada maestra: vamos a ir al cerro. Sí, al enorme cerro detrás de la casa. Y voy a ir acompañada de Papi, que me toma la mano con su gigante mano áspera y agrietada a causa del trabajo manual. Debo confiar. Siento que las hierbas me llegan hasta los ojos, el viento me azota las pestañas. Me cae polvo en los ojos y es incómodo, quiero llorar pero soy valiente; no lo hago. La luna se asoma por ahí. Seguimos subiendo, en silencio, contemplando el paso. Entiendo por qué a mi papá le dicen “El Puma” (no necesariamente porque se llama Jose Luis Rodríguez). Camina con cuidado, de la mano siempre. Fijándose en los peligros que podrían acechar. Todavía lo hace. 

No he vuelto a escuchar mis pies caminando por un terreno como ese. Era el sonido de mil guiros y 22 maracas. La sabana comenzaba a arrullar con su viento frío. Los cachetes, gordos y helados, comenzaban a precisar el gallo de queso, pero la promesa de Papi era enorme como el cerro. En la cima, lo veríamos todo. De pronto me suelta la mano y mira al frente. Siento que el viento me desbalancea. Es tantísimo. Es muchísimo. Me voy a caer. Es demasiadísimo. Me tambaleo con él y de pronto, un bosque. Me conmueve una emoción que recorro fácilmente aún en la memoria. 

Y veo a Papi, y su mirada ve al bosque, como queriendo descifrarlo. Caen a mi cabeza tantas preguntas, como guiros hay en la sabana. ¿Qué hay ahí y qué busca papi con sus ojitos? Sin preguntar, comienza a mencionar. Y me cuenta las historias que siempre le pido al dormir, pero esta vez, esta vez precisa, no me habla de osos; sino de manigordos. No me habla de sopas muy calientes, sino de maíz. No me habla de muñecas y princesas, sino de encuentros místicos con la belleza natural. Me habla y se queja de quienes destruyen lo que nos estaba regalando ese momento. 

Me indica que debo permanecer firme, como una princesa de bosque, para defenderlo. Y de pronto soy el ejército de hormigas y él es, efectivamente, un puma. Me concede la tarea de defender lo que él ama. Y yo, me concedo ese momento y lo hago eterno para siempre. ¡Ay, el viento, el viento que me acaricia! Y la hierba, y el color amarillo contrastado con el azul del cielo de ese momento. Y las matas de banano… ¡Y el bosque repleto de corales! No tengo miedo. Mi cuerpo recuerda que ahí es donde pertenezco.

Escucho un circo tropical gestándose en la profundidad del bosque. Soy otra vez viajera en esa jungla que hice mi casa por minutos que se sintieron como cien años de abandono. Recorro un festín de sabores. Hay un olor particular a felino. Me quedo dormida.

Sueño con que hay un jaguar enorme que cuida mi sueño y me peina con su larguísima y tierna cola. No tiene armas, no es ambicioso, ha habitado este cerro la misma cantidad de años de abandono. Su pelaje aterciopelado me eriza la cabellera de los brazos. Tengo barro recorriéndome las plantas de los pies. Es viscoso, húmedo. Es un suelo nuestro. Alguien me habla desde el cielo y me asegura que podrían crecer allí todas las mandarinas y limoneros con los que sueño. Me revolotean polillas extrañísimas por las orejas. Siento cosquillitas en la panza por las hormigas. Todo lo incómodo de pronto no incomoda. Estoy en casa. No tengo que temer. No tengo que temer. No tengo que temer. El viento frío. El cantar del pájaro. Ahora son dos, tres, cuatro. El sonido del río viaja chocando por los troncos del bosque. Comienzan a llorar los grillos, se empiezan a orinar las chicharras.

—Bajemos —me dice. No me quiero ir. No quiero regresar al gallo de queso salado, quiero morir aquí y que me entierren con las vasijas. Quiero ser parte de la huaca. Quiero convertirme en este espíritu, quiero proteger ese cerro por siempre. Me empieza a picar la nariz escribiendo esto, punzadas de zompopa en los nervios anunciando la caída del agua que brota de mi ojo, para regresar al cielo y quizá caer de nuevo al cerro. Pero tenemos que volver. Tenemos que volver. Y ya no importa la cama de princesa, ni las Barbies que traje y me esperan en casa. Me deja de interesar el charol rojo. Ya no me dan miedo las serpientes, ni quiero café con leche. Pero volvemos.

Me da pánico. Ahora sé a qué le temía mi puma. No quiero volver al cerro. No quiero. Se me van a enredar los músculos de la lengua. No quiero volver al cerro.

En mi cabeza vive íntegro y no sé lo que me encuentre. 


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