57 moscas, 1 caja, infinitas cascadas
Cientos de moscas han entrado por la ventana de la cocina, esta vez no son de mentira. El zumbido desagradable se cuela por mis oídos, es casi un tinnitus provocado. El calor es sofocante, sudor con cada respiración. Todo es tan difícil como lento cuando las casas dejan de ser lugares habitacionales y se convierten en fogones en vías de desarrollo. Las noticias anuncian que hay una ola de calor, y que seguirá pasando a partir de ahora, dicen que el aire no circula, y cuando lo hace nos cocina al vapor a todos los que vivimos de este lado del hemisferio. Es el boicot de la balanza, le digo a aquella que me manda otro de sus mensajes de buenos días. No todo puede ir bien de pronto, sin esperar que se vuelque la tortilla. Las moscas han entrado, no sé si para refugiarse del calor o para suicidarse. Si estuviera en casa ya me habrían dicho que alguien me puso un mal de ojo y que necesito una limpia. Pero como estoy de este lado del mundo, la única solución es encontrarle el lado realista a la situación, y quitarle la posible magia a todo: algo ha muerto acá adentro. Son docenas de pequeños insoportables seres volando en mi pequeñísima cocina. Mato una, dos, tres, siete, nueve, once, quince, treinta, sigo y sigo. Sus pequeños cadáveres negros de un centímetro caen a mis pies. Yo no los vuelvo a ver, sigo matando.
Es muy posible que los recuerdos me jueguen una mala pasada. Llegué a esta casa antes de que las moscas la escogieran como cementerio. Antes había solo una que otra mariposa que se colaba por la ventana trasera de vez en cuando recordándome que la casa estaba atravesada en su paso, y que el camino les seguía perteneciendo. Se posaban sobre mi pelo con sus patillas mojadas de río. Alguien alguna vez me dijo que las mariposas son gusanos con alas bonitas, por lo tanto son, como mucho en esta vida, una farsa.
La última vez que vi esta cantidad de moscas fue cerca del río, había una garza muerta, de unos cinco días quizá, se descomponía rápidamente, los rayos del sol iluminaban sus bellas plumas iridiscentes, las moscas danzaban haciendo festín con el cuerpo del animal. Es posible que yo esté equivocada cuando digo que lo único que deseo es querer a los míos como quiero al río aquel. Dice la que me manda mensajes que siempre busco lo bello en todo, hasta en lo feo. No creo que sea adrede, creo que lo feo simplemente ha sido mal catalogado muchas veces.
Fotografía: Valeria Salas Montero
Es posible también que sea yo la necia cuando digo que hay monstruos en el agua que recorren pampas y montañas hasta traer sus tormentas a la gotera que cae sobre mi almohada. Como si la tormenta misma existiese para colarse por la rendija del cielorraso. Es posible que las bestias salvajes que se adentran en casa cuando llueve no sean más que los cachorros con los que me acurruco en la noche y que no me dejan dormir.
Busco, por lo tanto, a una rata muerta…un ratón quizás…una paloma, algo tiene que haber muerto. Pero no hay nada, y las moscas siguen apareciendo, como si al matar una aparecieran dos por arte de magia. Yo sigo matando, mato a otra y a otra, mientras mi mente sigue pensando en el río del cual mi corazón no quiere irse. Recuerdo caminar esas calles cerca del torrente, en busca de las chancletas que hoy uso como arma. Utilizando una mezcla de idiomas que manejo todos mal, todos a medias. Recuerdo que buscaba las chancletas para mí y café para ella, la que me manda mensajes. Huelo café de pronto. Hice el café hace 20 minutos, pero lo olvidé, las moscas se cuelan en mis oídos, en mi nariz, en mis ojos, y me olvido de todo, solo quiero que sigan muriendo. Ya llevo cincuenta y tres, el hombro me duele. No entiendo de dónde vienen. Empiezo a pensar que quizás sí estoy maldita, así con todas las que implica un mal de ojo. Me quito la idea de la cabeza, porque ¿y ahora a dónde me consigo una bruja de barrio que me haga una limpia en este lado del mundo? Si pudiese conseguir una, es posible que acá le llamen doctora y seguro me recetaría antibióticos para la paranoia, nada tiene sentido acá, pero todos pretenden que sí. Pienso en el río.
Aquella me escribe que si quiero ver las cascadas hoy. Le digo que sí. Las cascadas no son más que una ilusión de la luz sobre el agua a cierta hora de la noche, cuando no hay barcos revolviendo las aguas, cuando las luces fuertes de la ciudad han sido apagadas, cuando hay calma en este lugar ajetreado. Solo a esas horas de la noche el río se calma y las luces de la calle reflejadas sobre el río parecieran caer en un vacío interminable. Las cascadas, así bautizó la que me manda mensajes al reflejo del agua. Sudo, más, sudo, y al ver el piso, es un cementerio de puntos negros. Cuerpos pequeños, aplastados, desmembrados, partes de alas y patas. Qué crueles somos los humanos. Mato a otras tres.
Estoy asqueada. Decido dejar la casa, me doy un baño, me arreglo, y salgo. No miro hacia atrás, no pienso en las moscas, pienso en el río, pienso en las cascadas, y pienso en la que me manda mensajes. Todo me zumba aún, puedo sentir las moscas chocando contra mi cuerpo desesperadas por entender qué hacen allí, ellas tampoco saben por qué de pronto están en una casa tan pequeña, ellas también buscan si es que hay algo muerto allí, ellas también se preguntan cómo han aparecido en ese lugar; no lo encuentran, no encuentran lo que las llevó allí. Cuando las cosas zumban es porque la muerte antecede, eso es todo lo que saben.
Estoy fuera, respiro. Sigo pensando en el río. En el suelo de la estación de autobuses veo una mosca que muere, que se retuerce en sus espasmos. Me pregunto si me persiguen, si lo que buscan es a mí. Asustada, veo a todos lados, pero no hay moscas, solo esta que agoniza al lado de mi zapato. Es en ese momento donde por fin entiendo la ley de Schrödinger. La ley dice que un gato está encerrado en una caja junto con un mecanismo letal ligado a un átomo radioactivo. Ese átomo tiene una probabilidad estadística del cincuenta por ciento de desintegrarse en un período determinado. Si se desintegra, un contador Geiger lo detecta, activa un martillo que rompe un frasco de veneno, y el gato muere. Según las reglas de la cuántica, mientras nadie observe el sistema, el átomo no está ni desintegrado ni íntegro, existe en una superposición de ambos estados a la vez, con cierta probabilidad para cada uno. Como el destino del gato depende directamente del átomo, la lógica cuántica diría entonces que el gato también está en superposición, vivo y muerto simultáneamente, hasta que alguien abre la caja y observa. El gato estará siempre suspendido en esa ambigüedad hasta que alguien se atreve a abrir la tapa y mirar. Yo soy la observadora que Schrödinger necesitaba. Veo a la mosca dejar de retorcerse en sus espasmos, lo entiendo. Basta con que la mire para que el espasmo se vuelva quietud, para que la probabilidad se cierre como un puño y el pequeño cuerpo negro se convierta, por fin, en una sola certeza.
Lo entiendo todo. Se puede estar viva y muerta. Se puede estar en dos, tres, cuatro y mil estados a la vez. Aquella que me manda mensajes, ama a otra mujer, pero me ama a mí también.
Las luces pueden ser reflejos, pero también pueden ser cascadas, y también pueden no reflejar nada. La luz puede ser una cosa y otra depende de cómo la veamos. ¿Qué es la luz de todas formas? Otra gran pregunta de la física cuántica. Creo que si entendiéramos la luz entenderíamos al amor también, casi de inmediato. Aquella que me manda mensajes puede tomarme de la mano y besarme, y al mismo tiempo puede desear hacerlo y no atreverse nunca. Estadísticamente la probabilidad varía, pero todo pasa y está superpuesto. Todos los caminos son posibles y existen, todos a la vez, y no necesariamente en estados dicotómicos, pero en varios al mismo tiempo. Lo entiendo. Entiendo la bendita teoría del gato en la caja. Por fin acepto que puedo entender lo que es el amor y no entenderlo del todo, por primera vez siento paz. Es por eso que recojo el cuerpecito de la mosca muerta a mis pies con una hoja y lo pongo en el césped, para que nadie más lo maje, para que se descomponga como la garza esa, al sol y aún irradiando iridiscencia. Viva y muerta. Bella y fea. Todo superpuesto.
Veo a aquella que me manda mensajes a la distancia, la veo esperándome ya en nuestro lugar favorito frente al río. Ella siempre temprano, yo siempre tarde. Me ve y una sonrisa me dice lo que me extrañaba, pero su abrazo corto no dice lo mismo. Estoy tranquila porque ahora sé que también me abrazó fuerte en alguna otra probabilidad de la existencia, pero en esta no. De inmediato me dice que aún es muy temprano para ver las cascadas. Le digo que sí, pero que por dicha somos pacientes. Se ríe y me pone una cerveza en la mano. El silencio es lo que siempre hemos compartido, como si en la soledad misma nos encontráramos más fácil. Le cuento que mi apartamento se ha llenado de moscas. Se ríe. Le digo que es en serio, que tal cual aparecen solas, que no las veo entrar por ningún lado y que tengo miedo a regresar y encontrar una legión entera que se ha reproducido, que se ha teleportado de alguna forma a la pequeña cocina de la casa.
Me vuelve a ver a los ojos y luego a la boca, tiene esa maña, no solo conmigo, también con los demás. Cuando le interesa la conversación, intenta inconscientemente leer los labios de quien le habla. No lo hace como coqueteo, lo hace cuando escucha; solo así sé cuándo me escucha en serio y también así sé cuándo pretende hacerlo. Cuando pretende escucharme baja la mirada y la fija al piso como intentando descifrar qué clase de zumbidos están saliendo de mi boca.
Fotografía: Valeria Salas Montero
Sigo mi historia de las moscas. Me garantiza que debe haber algo podrido. La contradigo, explicando que he buscado en cada rincón, que he buscado olores, que he intentado también entender de dónde salen, cómo llegaron y aún más importante, por qué se quedaron. Le digo que me parece que ni las moscas lo entienden. Le digo que pareciera que escogieron mi pequeña cocina para morir en ella. Se vuelve a reír y baja la mirada al piso. Le vuelvo a decir que es serio, que tengo miedo de regresar, que creo que alguien me puso un mal de ojo. Oculta sus ganas de reír esta vez y me hace una señal con sus manos como diciendo que solo digo tonterías. Nos quedamos en silencio a la espera de las cascadas. Le doy tres tragos grandes a la cerveza antes de contarle mi otra revelación del día.
Por fin entendí la ley del gato de Schrödinger.
Su atención vuelve a mí, sale de su torbellino interno por un rato.
Creo que por fin lo entiendo todo. Entiendo ahora, que nunca me vas a decir lo que sentís. Que preferís dejarlo ahí, sin abrir, para que las dos cosas sigan siendo posibles.
Su mirada se fija en mis labios intentando calcar en su cerebro lo que acabo de decir. No me dice nada, espera que siga. Entonces sigo.
Es exactamente así de sencillo. Mientras no lo digás, vos podés quererme y no quererme al mismo tiempo. Las dos opciones caben en esa caja tuya. Vos sabés todos los esfuerzos que he hecho para abrir la tapa y entender si ha muerto el gato o no, ¿entendés lo que digo?
Sigue viéndome a los labios descifrando los códigos de las palabras que acaban de salir por mi boca. Ahora es ella quien le da sorbos a su cerveza ansiosamente. Busca en el río las cascadas que aún no aparecen. Busco yo también, pero contemplo el agua esta vez, y esos pajarillos nocturnos que siempre admiramos, esos que bailan bajo el puente solo cuando el sol se esconde: los que ella bautizó como “murciélaguillos wannabe”. Sigue sin abrir la boca, casi sin producir ni un solo sonido, veo que una lágrima se escapa silenciosamente de sus ojos, pretendo no verla, sé que le molesta cuando otros se dan cuenta de que ella también es vulnerable.
Y con ese pensamiento me doy cuenta de que tampoco quiero ser vulnerable. Es incómodo admitir que no soy tan fuerte como me presento al mundo. Pero hace muchos cepillos de dientes atrás ya había entendido que estaba equivocada. Pasé años buscando las decisiones correctas, como si existieran, como si en algún lugar hubiera un mapa. Nunca, en toda mi vida, una decisión correcta cambió el rumbo de nada. Fue siempre lo contrario: no saber si estaba bien, y avanzar de todos modos. La parálisis de no abrir la caja pesa más que el resultado. No sé si tendrá que ver con ser libra y esa balanza que cargo como arquetipo personificado, incapaz de decidir hacia qué lado inclinarse. Siempre me tomé tan en serio tomar la decisión que me diera certeza. La certeza, no obstante, llega solo después de tomar la decisión. Si dejo entonces que otro abra la caja, la probabilidad de quien observa también puede alterar el resultado. Si abro yo la caja, puedo encontrar solo lo que yo observo. Si la abre alguien más sin miedo a lo que haya dentro, entonces tendré la versión de la realidad que necesito escuchar, sea cual sea, sea viva o muerta. Aquella que me manda mensajes por fin regresa a esta versión de la realidad, sale de su cabeza y me responde.
Lo malo de la ley de Schrödinger es que siempre es presentada de una forma demasiado dicotómica.
Pero no es dicotómica, lo del gato es un ejemplo bastante burdo de hecho, pero las posibilidades son tan infinitas como el infinito mismo.
Vos sabés que con ella…
No, no me contés de nuevo historias de las cajas que ya están abiertas hace rato. Cuando hacés eso la tristeza se me transforma en rabia. No me interesan. ¿Me vas a forzar a mí a abrir esta caja tuya?
Sos grosera cuándo te enojás.
Lo sé. Vos sos grosera cuando no hablás.
Yo sé lo que hay dentro.. dentro de la caja..pero siento una culpa inmensa.
Me quedo pensando un rato, esta vez soy yo quien ve al piso. "Conócete a ti mismo y conocerás a los dioses"
¿Antigua Grecia?
Asiento. Vuelve a verme a los ojos, luego labios, luego ojos, se queda allí. No parpadeo, mientras sostengo la mirada ahí, en el borde, el mismo borde donde la mosca sigue siendo las dos cosas, y yo, sin saberlo, sostengo el mundo entero en esa indecisión. Quito la mirada, de pronto me irrita ser la única que a pesar del miedo insiste en seguir observando.
Las cascadas han comenzado a aparecer. Con la barbilla le señalo el río. Ella no lo vuelve a ver, una mosca se posa sobre mi brazo y cae muerta de inmediato. Ya no me extraña. Pienso en el río, el mismo que tengo al frente y en todas las versiones que hemos sido a sus orillas. Pienso en el día en que descubrimos las cascadas. En la versión de nosotras que fuimos. En aquel entonces todo se preparaba para nacer. La primavera estaba cerca. Hoy todo se prepara para morir, el otoño ha comenzado a teñir el paisaje.
Es por eso que yo también sé lo que hay dentro de su caja, yo sé en qué estado voy a encontrar al gato, y es por eso mismo que me quedo a su lado, en silencio de nuevo, compartiendo esa soledad extraña y adictiva que solo existe cuando estamos juntas. Le doy la posibilidad de que existan todas las probabilidades aún dentro. Le doy la posibilidad de ser jueza, diosa y testigo en ese orden. Yo por otra parte entiendo que debo aprender a dejar de contar moscas. Es allí cuando la mosca que acaba de caer muerta a mis pies, aturdida se levanta y sale volando.